domingo, abril 15, 2007

Una mirada a El Sueño de Rousseau

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  1. Su última gran obra «La mujer que dormita en el diván sueña con ser transportada a la jungla al escuchar el sonido del instrumento que toca el encantador de serpientes.» Eso es lo que, en palabras de Rousseau, significa el lienzo. La mujer tiene los rasgos de una amante polaca que el pintor tuvo en su juventud. El diván, de estilo Luis Felipe, era el que estaba en su estudio y que hoy se conserva en el Museo de Laval. Y la postura de la protagonista recuerda a la de la modelo que Manet pintó en Almuerzo campestre.

  2. Homenaje a la música Rousseau rinde tributo en el cuadro a una de sus pasiones: la música. El pintor tocaba el violín, enseñó solfeo para saldar sus deudas de juventud y compuso algunas piezas musicales. La melodía que toca el músico de la obra hechiza a las bestias y contribuye a diluir la frontera entre sueño y realidad. El espectador, como los leones, sucumbe ante el embrujo de la escena y la canción que cree oír. La claridad de la luz de la Luna, plana y fría, sobre el bosque virgen acentúa el efecto mágico.

  3. Su método Primero, Rousseau dibuja a lápiz la vegetación. Superpone hojas reales directamente sobre la tela y copia los modelos que contempla durante horas en el Jardín de Plantas de París. Después, extiende, uno tras otro, hasta 50 tonos de verde, limpiando la paleta cada vez, para no mezclarlos, en pinceladas planas y puras. Para reproducir los animales visita el zoo, se inspira en Delacroix y copia las escenas de libros, calcando los contornos de los animales sobre la tela y reproduciéndolos a escala.

  4. Sin perspectiva El pintor no cuida la perspectiva y reproduce los elementos yuxtapuestos en una estricta frontalidad. Así, los planos se superponen como si fueran los decorados de un teatro. Las formas y los volúmenes intuitivos e incorrectos aumentan la sensación de fantasía en el espectador. Poco a poco, pese a las reticencias iniciales, los cuadros de Rousseau acabaron imponiéndose en los ambientes de la vanguardia parisina como una aportación original y moderna a la historia del arte.

Un «primitivo moderno». Así se autocalificó Henri Rousseau, autor de célebres cuadros de selvas y junglas que esconden tanta belleza como misterio. Resultado de su trabajo en su estudio parisino y no de exóticos viajes.

Tenía 42 años cuando cogió un pincel por primera vez, pero en sólo dos décadas Henri Rousseau (1844-1910) se convirtió en una figura clave de las vanguardias francesas. Nacido en Laval, abandonó pronto los estudios para trabajar como escribiente y, desde 1871 hasta su jubilación en 1893, en la Oficina Municipal de la aduana de París (de ahí su sobrenombre: El Aduanero). La falta de medios, que lo llevaron a realizar algunos robos y estafas, le causó problemas con la justicia y retrasó su debut en el arte hasta que, con un estilo autodidacta, que atrapó, entre otros, a Gauguin y Picasso, se abrió un hueco en el mundo del arte.

UNA DEFINICIÓN«Nosotros somos los dos pintores más grandes de la época: tú, en el género egipcio; yo, en el moderno», le dijo Rousseau a Pablo Picasso durante una cena.

Esta obra la presentó en 1910 en el Salón de los independientes, en París, y la compró el marchante Ambroise Vollard. Hoy es uno de los iconos del MOMA de Nueva York.

El poeta Apollinaire escribió estos versos al ver "El sueño".

"Sobre las flores, los árboles resplandecen de verdor
las feroces serpientes escuchan
los sones alegres del instrumento"
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Rousseau jamás salió de Francia, pero visitaba el Jardín des Plantes de París y copiaba ilustraciones para luego pintar los más exóticos pájaros y animales.
Los leones y monos fueron los protagonistas de sus cuadros de junglas. Rousseau imaginaba una vegetación tropical exuberante, salpicada de verdes.

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